4.8.16

Tortuguita smile (the way)

En una escala de cero hasta diez el tema del que voy a hablar ahora me importa un diez. Por eso me cuesta escribir sobre ello, a pesar del tiempo que llevo queriéndolo hacer.

Este tema no es otro que la tan (universalmente) aceptada dicotomía entre la vida privada y el trabajo y la creencia igualmente dada como válida de que si el trabajo es "bueno" entonces hay que juzgar eso y no meternos en asuntos de índole personal que "no vienen al caso".

Tan aceptada está esta noción de la realidad que, hasta hace pocos años yo tampoco la ponía en duda. No sé muy bien cómo cambió eso, pero también empecé a darme cuenta de lo aislada que estaba por ser mujer y distinta e insobornable y libre y terca, de cómo tanto el mundo del teatro, primero, como el de la literatura, después, eran ambientes enfermos gobernados por un poder oscuro, cerrado y machista. En mi niñez y adolescencia no tuve este problema. Fui inmensamente afortunada en la escuela, los profesores amaban mi libertad y mi brillo, mis compañeros también y yo a ellos. He seguido amando a todos y a todas, pero el velo de la ilusión ha caído y en el mundo adulto me he encontrado con lo que me he encontrado. Bastante poca grandeza.

No he parado de evolucionar a todos los niveles y mis creencias también lo han hecho. Esta de que el trabajo es tan importante no resiste mi análisis de los hechos.

¿Cuándo una obra de arte (por ejemplo) ha cambiado el mundo?

Quizá sea hora de cambiar el punto de vista y empezar a darle la importancia que tiene a la vida personal de las personas...

El arte es un aspecto de la vida, la embellece, la esclarece, es un refugio, a menudo, un despertador. Pero la vida es lo que nos cambia. Si algo puede cambiar el mundo es la manera de vivir. Hacer un buen trabajo es parte del trabajo global de vivir. Vivir incluye estudiar, amar, servir y un largo etcétera (pero principalmente eso).

Se hace hincapié, en literatura, de la necesidad de valorar la calidad de la obra independientemente de sus autores, máxima por supuesto que nadie discute. Y es que no quedarían obras para leer, si nos atuviéramos a la moral de los autores. Yo creo que una obra puede y debe explorar todo lo oscuro del ser humano y por supuesto abrazar ideologías diversas, algunas de las cuales no nos gustarán. Puede haber y hay libros con ideologías muy distintas de la nuestra y sin embargo de calidad. Todo correcto.

Lo que me cansa es el predominio del "prestigio", la importancia que se le da al trabajo (hablo más bien del trabajo artístico, que puede ser en efecto memorable, pero no más memorable que el trabajo de una lavandera -siempre pongo de ejemplo a Tina, de la tintorería Tina, en Madrid, como ejemplo de trabajo impecable, por no hablar de la todavía tristemente no remunerada labor de las amas -o amos- de casa).

¡Cómo admiro a las amas de casa! Hasta he de confesar que mi sueño más loco sería ser una perfecta ama de casa feliz (pero los sueños son sueños y no estoy muy cerca de eso y sí de mí misma, a mi manera).

Mi punto de vista es, claro está, femenino y, por tanto, feminista; ya he explicado lo que es para mí el feminismo aparte de lo obvio (y me considero una feminista radical): fem(me), o ser yo misma.

Me preocupa tanto o más cómo vive un artista sus relaciones que su obra mal llamada pública (todo es privado y personal, todo es público e impersonal). No es que se tenga que dejar de leer a tal o cual escritor, aunque que cada cual decida. Es que todo tiene que estar abierto, volcado hacia afuera, cristalino. No hay asuntos domésticos o profesionales, no los hay. A quién amas y qué escribes para mí es lo mismo.

Esto puede sonar como una monstruosidad. Es simplemente que no estoy dispuesta a darle más importancia de la que tiene a una obra. Así seas Bob Dylan.

Sólo jardineros a tiempo completo y sin hacer diferencias entre sagrado y profano. Creo firmemente en la bondad. Creo en el deleite. Mi máxima consiste en no hacer daño o el menos posible, respetar todo.

Cuando leo sobre las vidas de gente con mucho talento en su profesión pero que cometieron auténticas atrocidades en su vida personal pienso que no se está poniendo la vida al nivel que merece. La vida es la vida. Debería, si no enseñarse (no puede enseñarse) mostrarse en las escuelas (y no se puede juzgar, la actitud es de aceptación pero esto conlleva no ocultamiento).

Vivimos en un mundo de oscuridad espiritual. Posesiones, honores, fama. Posesiones, honores, fama. Así va el mundo. Posesiones, honores, fama.

Escribir versos está bien, pero practicarlos es el objetivo de la poesía. La poesía sólo no cambia el mundo.

Hacen falta poetas.

1 comentario:

Elise Plain dijo...

Se aplica también a los que separan política y activismo de, por ejemplo, vida contemplativa o revolución personal. (¿Cuánto les gusta la palabra "disidentes"? ¡Pero todos sin excepción somos disidentes de algo! Es muy ingenuo creer que tu disidencia es la disidencia "real".)