14.10.13

Nadie puede salvar ya el río

Hacia el final de la negrura te has levantado. A eso se le llama madrugar. Vas a escribir o a trabajar como camarera. Durante la noche, que ha durado diez años, has tenido tiempo de fracasar como actriz. Ahora vuelves a tener tiempo. Tu situación suscitaría la envidia de algunos escritores que no encuentran el momento de sentarse a escribir, así que a pesar del sueño y de que no sabes muy bien qué contar, ni tienes tantas ganas como esperabas (después de estar meses dándole vueltas empiezas a sospechar que estás vacía: esa posibilidad existe) vas a escribir porque tienes tiempo, un pretexto, y porque escribir puede ser una forma de afecto, y de desapego. 

Escribes por los que no pueden hacerlo; te desapegas porque quieres. Te importa la felicidad de los más débiles, a saber, las flores, los niños y los animales, pero también los árboles y los viejos. Una vez le diste a un vendedor de La Farola (Sam) las gracias por existir. Otra le diste un beso a un conductor de furgonetas (era de Vietnam y tenía un nombre exótico que no recuerdas) porque él te lo pidió, y tú, con los nervios, pensaste que era lo normal. Acababas de aterrizar en San Francisco, y aunque el taxi era la opción menos arriesgada, te decantaste por un servicio de van shuttle para desplazarte con tu única maleta (lo que también es meritorio teniendo en cuenta que te ibas sin billete de vuelta) al albergue donde pasarías la primera semana en tu nueva ciudad. El conductor de furgonetas te ayudó con el equipaje: en ese momento un mechón de pelo negro azulado le hacía cosquillas en la mejilla y te pidió el beso. La noche ofrecía una temperatura fantástica. La mejilla abultada por la risa era menuda e irreal como sus huesos. Te importa la felicidad de los más débiles, a saber, las flores. Antes, habíais acompañado hasta su casa a unas francesas que, ellas sí, vivían allí (porque tú no vivías allí todavía, si bien podrías haberlo hecho desde el principio, al descender del avión, o incluso antes, pero mucho, mucho antes y nunca inmediatamente antes). Ahí fue cuando viste la primera colina empinada. También pensaste que te gustaría ser como ellas y hablar en francés en una casa como aquella, en una colina como esa. De noche todo está claro.

Ellas son profesoras de escuela, en cuanto a ti, tienes tiempo. Cuando fuiste a la cafetería a la que sueles ir y el camarero insistió en preguntarte que cómo estabas y comentarte lo mucho que hacía que no te veía, y tú hubieras preferido que no te hubiera dicho nada o haberlo resumido a una sonrisa o comentario algo más largo de lo habitual, pero no tan largo como para terminar hablando de septiembre, de que es el mes más bonito en Madrid; ayer, te diste cuenta de vuestra mediana infelicidad (mediana como una hija desatendida) porque septiembre es mentira que sea un mes alegre: es un mes para melancólicos y para mentirosos, que siempre ha sido lo mismo. De que la infelicidad hermana a las personas. Te hermana a ti, a Sam, al conductor vietnamita, a las francesas, al camarero demasiado atento y, te acabas de acordar, a otro camarero muy simpático, el que trabaja en la heladería que también queda cerca de tu casa y a la que no piensas volver. Te colman de atenciones, te dejan probar a ti primero los sabores nuevos que nadie ha probado; has llegado a ir por pena, parecen tan infelices, pero tan felices al verte aparecer por la puerta; te da lástima que te descubran caminando por la calle y se pregunten que por qué no vas; bueno, no piensas volver por eso.

1 comentario:

Elise Plain dijo...

Ninguém pode salvar já o rio (tradução: alberto augusto miranda): http://nervoeiro.blogspot.pt/2013/10/nadie-puede-salvar-ya-el-rio-ninguem.html