20.9.13

My chin is suave

Soy una buena actriz que ni trabaja ni quiere trabajar. Pero antes de pasar a la exposición del caso, rompamos una lanza en favor del "no", cuya reputación no está ni remotamente a la altura de su colega el "sí". NO habría síes sin noes. Y ahora los hechos. Tiré la toalla. Sí, sí, a-le-lu-YA. Es verdad que sé que puedo hacerlo (es de lo poco sobre lo que tengo alguna idea). Que no soy mala, porque siempre conseguía destacarme. Pero me cansé. Ha podido el miedo. Ya no lo soporto más. La vida es demasiado corta para sufrir por algo que no tiene arreglo. Por si fuera poco carezco del talento necesario para moverme por el mundillo (el exceso de sensibilidad puede ser un problema) y también de ganas. Hay demasiado poco trabajo (¡y demasiado trabajo horrendo!) y muchos actores, algunos de los cuales viven para actuar. Estos son los que acaban trabajando, merecidamente (también están los que sin sentir tanto amor hacia la tarea -me gusta cómo se refieren a ello en inglés: "the craft"- atesoran otras cualidades de tanta o más utilidad; da lo mismo). Yo, lo confieso, no vivo para actuar (vivo para vivir, según creo). Ser actor acarrea sacrificios y durezas: ensayos interminables y caóticos en lugares tristes, generalmente por muy poco o nada de dinero, papeles estúpidos y pobremente escritos, envidias, ansiedades, desánimo recurrente, incertidumbre y numerosos abusos, pero, sobre todo, pánico. Con todo se trata de un trabajo muy bello. Lo admito. Se parece a coger olas (imagino). El caso es que sigo siendo actriz (¡de momento no puedo cambiar completamente eso!). Pero el futuro que vislumbraba a los 18, dulce por lejano y sobre todo prometedor, ya no me promete nada (sólo lo que yo esté dispuesta a darle). Ante la infinita sabiduría de los acontecimientos, puedo únicamente (a)sentir: sentir(a) La Delicadeza (actriz de reparto formidable); es un obsequio inesperado, ahora .

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