24.7.13

Fado

orgullo, en la papada que cae y en la cadencia de la mirada gris, calma, loca, también una cierta impaciencia infantil. el elegante caballero a la guitarra sujeta el cigarro con un "esto es lo que hay", los labios  inmóviles y sobresalientes; el cantante, convencido de la veracidad de su arte, se lleva la mano a la solapa de su traje. inseguridad en los dedos que se rozan entrecruzados de la cantante (y sensibilidad); necesidad de demostrar, en la barbilla altiva y la nariz que se mueve rebelde; en el movimiento gentil y ligero de hombros toda la juventud perdida, pero algo permanece en la sonrisa. en la mano sobre el estómago del tercer cantante lo que quisiera gritar y no puede en un fado; honestidad en las piernas, delgadas bajo el traje, y los talones que se golpean graciosamente. el hombre del laúd posee un rictus amargo, tal vez nos odie, a nosotros, extranjeros de su arte. los hombros del primer guitarrista caen más y más pero aún ladea la cabeza; definitivamente mover la cabeza de un lado a otro (como las mujeres portuguesas de la sala) es estar alegre, y ya no importa (ahora no importan, los platos que tengas que fregar).

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