9.10.12

Animales (I)


Belén Segarra

Sapo

De niña lo que más me asustaba era llegar a pisar un sapo. Había muchos sapos, del tamaño de hojas de castaño, en el pueblo de mi infancia en los 80. Los sapos saltaban de noche, cómicamente, inocentemente, sin duda, pero te daban unos sustos de muerte, aparecían en cualquier sitio. Eran feos -gordos, oscuros, increíblemente remotos, como de otro mundo- y la sola idea de aplastar uno resultaba aterradora. Años después parecieron extinguirse y dejé de verlos. Si bien es cierto que dejé de pasar temporadas en este lugar de montaña, las veces que lo visité más tarde no vi ninguno. Así y con el tiempo los sapos adquirieron para mí un nuevo estatus de animal entrañable y mítico. La repugnancia que me causaban dio paso a la nostalgia. No volverán los oscuros sapos a plagar la noche. Han muerto todos. En el río, la nube o la cuneta, rememoro la terrible bondad del sapo. Su ausencia es también la ausencia de la niña triste. A mi manera también me he muerto, en un día de bochorno, un día oscuro, hace mucho.

Tortuga

Lucecita era el nombre de la tortuga que de niño tuvo el poeta Óscar Pirot (a su manera, un Roberto Bolaño de ahora). La tortuga que no quiso por preferir, como su hermana, un conejo que, no sin paciencia, su padre acabaría por comprarle. Investigando un poco, a partir de mi reciente interés por este legendario animal, descubro la importancia de la tortuga en infinidad de culturas. A saber, es el último de los animales celestiales que hoy en día permanece vivo, según los chinos, que lo asocian al norte, el elemento agua, el invierno y el negro. Ha inspirado muchos mitos. El dios griego Hermes se sirvió de ella para inventar la lira. Las tortugas existen desde hace más de 250 millones de años y quizá el símbolo que acarreen con mayor fuerza sea el del mundo mismo, y la longevidad y estabilidad de este. Personalmente me parecen unos seres calientes. Creo que han de ser muy intensas bajo el caparazón. Con su apego a la tierra, su infinita perseverancia y sabiduría, me inspiran amor, mágicamente. Confío en que, en la paz del cielo de las tortugas, a nuestra Lucecita de mirada llorosa le agrade este blog bautizado Tortuga Lucecita en su honor.

Gato

¿Qué decir del gato, ese animal ciertamente divino (él no olvida su pasado) que nos fascina, nos enseña y nos divierte? Amor es lo que tenemos mi gato y yo: ¡no nos pedimos nada, y ni él quiere cambiarme, ni yo a él! Eso es el amor: estar contento con la existencia del otro, simplemente. No esperar nada de él. (Alejandro Jodorowsky). Del gato posiblemente se haya dicho ya todo. Se han escrito los mejores cuentos. Y con todo no ha dejado ni dejará nunca de provocar alucine. Mi gata en particular, Amélie, es descendiente directa de gato montés (padre desconocido) y madre maravillosa (madre conocida). Nació un 13 de junio de 2005 en Salceda, Cantabria, y a los cinco meses ya saltaba por la ventana del patio de mi piso de la calle Fuencarral de Madrid (quinto piso). Sobrevivió. Desde entonces, la patita mala la deja siempre colgando cuando se sienta al borde de la mesa. Mirarla me hace feliz. Leer un buen libro en su compañía, ya no digamos. Y a ella, ¿qué le hace feliz? Una cama bien hecha. La música, los pájaros, la lluvia. Y ser fiel a ella misma. La independencia, rara cualidad que los gatos poseen con elegancia, destreza y refinamiento.

Perro

Hablar de perros es hablar de la raya blanca en el pecho de China. China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, China. China, China, China, China, hablar de China.

7 comentarios:

BaBel dijo...

esas nuestras niñas tristes
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Emily dijo...

Elise Plain dijo...

BaBel y Emily, a las dos un beso en pleno vuelo.

Óscar Pirot dijo...

Hermoso y evocador este inventario de animales. Es una enorme ilusión que tu blog porte el nombre de uno de los tantos animales que poblaron mi infancia. Lucecita era una tortuga japonesa, tenía el caparazón tímido como una piedra y reluciente a la vez como el brillo de un beso. Su vientre parecía ser un tatuaje tribal, un dibujo que a esa edad me causaba una curiosidad sin límites. Olía a río y en su lento andar se dibujaban senderos hacia la magia.

Un placer leerte y sobre todo compartir poesía y nostalgia. Saludo grandote!

Elise Plain dijo...

Óscar, tus palabras valen su peso en oro. Gracias por dejarte caer.

Dara Scully dijo...

Yo también perdí los sapos de mi niñez. Dónde estarán, me pregunto. Dónde.


:*

Elise Plain dijo...

En los charcos del recuerdo. Por suerte morimos para volver a nacer. Pero no olvidamos. O sí. Por eso inventamos.