7.9.12

Hopper, otra vez

He vuelto a ver la exposición de Hopper. ¿Puede haber algo más magnífico y fascinante que un cuadro suyo? Me entraron ganas de escribir un poema sobre alguien navegando en el mar, yo misma transformada en uno de sus personajes. Me imaginé interpretando a una secretaria con problemas sentimentales. Guapa, sexy e inteligente. Decidí hacerme de una audioguía hacia el final de mi visita y el señor que me hablaba en francés al otro lado (en francés porque yo lo elegí así) se puso a hacer como que era Hopper y dijo algo que Hopper había dicho, dijo que pintaba para buscarse a sí mismo. Decidí olvidar todo lo que sabía (o creía saber) sobre Hopper y sobre mi experiencia durante mi anterior cita con su obra y esto fue lo que pasó: todos los personajes retratados en interiores me parecieron peces  dentro de peceras. Las oficinas, el escenario del teatro donde Hopper se despide vestido de blanco, en compañía de su mujer, también de blanco -esa era la pecera con el azul más intenso-, todas las habitaciones de hoteles y casas y el propio estudio del pintor: interiores todos de paredes verdes o turquesas. Me entero de que la mujer de Hopper, Jo, posó para él en Habitación de hotel, y de que el trozo de folio que sostiene en la mano no es una carta, sino un folleto con el horario de los trenes. Me pregunto una y otra vez por la elegante secretaria de uno de los últimos cuadros, New York Office, en qué piensa, si es una carta personal lo que sostiene en la mano, por qué lleva puesto un vestido de noche. Por qué las ventanas en Mañana en Carolina del Sur están cerradas si es de día. Casi puedo oler la yerba recién cortada. ¿Es porque alguien duerme aún en la casa? ¿Es que hace mucho calor? Peces. Peceras. Imagino que toda la vida se le pasa a Jo por la cabeza en Sol de mañana. Sus recuerdos franceses. Sus tazas del desayuno. La danza cerrada. La meditación. Me siento invisible y observo durante largo rato Soir bleu. El personaje principal -Hopper una vez más caracterizado como cómico- es una de las personas más solitarias y tristes que he visto. Me recuerda a Heath Ledger interpretando al Joker. El estilo de este cuadro no tiene precedente ni continuación en su obra, es una isla llena de poesía y misterio. La camarera parece estar loca con sus coloretes exagerados. Hay algo de elegancia y decadencia en la escena. Otra vez una película. Hay algo homérico o muy viejo o muy puro en la pintura de este americano. Empiezo a creer que no es tan americano. Le gustaba el cine. Y el teatro. Seguramente le gustaba Marlon Brando, el té helado, y seguramente tuviera las manos fuertes y los sentimientos a flor de piel. Le gustarían las flores sencillas. El olor del café. Antes de los 40 años no vendió más que un cuadro. Después tuvo más éxito. Creo que hay una humanidad en sus cuadros, inexplicable, que se explica sólo en este mundo. Dejé pues la exposición, qué otra cosa podía hacer sino marcharme, por mucho que me hubiera gustado dormir en los años 30 en una noche muy caliente. En la calle era septiembre. Hacía más calor que el día de julio que la vi por primera vez. Aquel día el aire estaba frío. Esta vez  cené. Escribí esto: siento pena por no poder ser una muchacha en primavera, por ser yo misma. Agitada y loca como yo misma.


La lune blanche

(...)

Rêvons, c'est l'heure.

Un vaste et tendre
Apaisement
Semble descendre
Du firmament
Que l'astre irise...

C'est l'heure exquise.

(Paul Verlaine)


Hopper. Soir bleu. 1914. (detalle)


NOW PLAYING PINK FLOYD

4 comentarios:

María Mercromina dijo...

Ay, de nuevo...

Elise Plain dijo...

Sí...

pepe perlado dijo...

es maravilloso como escribes.....nunca había leído nada tan bonito y bién expresado sobre Hopper. Sigue escribiendo siempre. Gracias

Elise Plain dijo...

Gracias a ti. Abrazo fuerte.