12.7.12

Hopper da escalofríos

Salí a la calle después de ver la exposición de Hopper en el Thyssen y la temperatura había bajado. Volvíamos a las tardes de primavera. Pero no sé si era el aire, más fresco, o mi sangre, menos roja, más azul, después de la sesión de cuadros, soberbios cuadros de este pintor norteamericano que, junto con Rothko, Pollock u O'Keeffe, mejor representa la pintura estadounidense del siglo XX. De todos es quizá el más americano. Y esto es así porque Edward Hopper (1882-1967) supo captar como ninguno el desarraigo, la soledad de América. No hay libertad sin soledad, y estos cuadros son atravesados por el dolor dulce del American way of life, por el sueño americano en su versión más terrestre y calmada. El sol ilumina los lienzos, que parecen rozados suavemente por el viento, en ellos los colores existen como existen las ciudades y los cielos, los campos y el mar, brotando de la nada, eterno misterio. Prevalece el verde. Como poesía, mágicamente, la pintura de Hopper nos emociona para descubrirnos por dentro. Una vez más, como en La Gioconda, el paisaje de fuera es el paisaje de dentro. Y como en poesía (me estoy dando cuenta de que la poesía tiene mucho que ver con la pintura) no necesitas seguir creyendo algo: llegas a conocerlo. ¿Y qué es eso que ahora conozco? Es difícil de explicar (torpes palabras, tan solo un lado del lenguaje, la parte que vemos de la Luna) pero lo voy a intentar. 

Hopper bebe de las jarras místicas de Vermeer, se inspira en los encuadres inesperados de Degas,  pero sobre todo se parece a Carver, el poeta, el narrador. Pocas veces he detectado una concordancia tal entre dos artistas. Como actriz me interesé por Carver y sus cuentos, en particular 'Gordo' siempre atrapó mi curiosidad. Los cuadros de Hopper y los cuentos de Carver tienen mucho de cinematográficos. Me fui a cenar después de la exposición y me di cuenta de que todo lo que yo necesitaba para encarnar a la camarera de 'Gordo' era llegar a ver esos paisajes y dejarme impregnar por eso que sentía hasta alcanzar ese estado, ese escalofrío de estar sola que he experimentado de manera tan real al visitar los cuadros de Hopper, y cada vez que vuelvo a ellos, e incluso tiempo después de haberlos contemplado. Esa sensación se te queda en el cuerpo. No necesito volver a experimentarla, no puede perderse lo que se conoce. Decir y hacer, entonces, mi texto sin prisa porque el tiempo se detiene en las casas, las ventanas, los bares, los raíles, los hierros de los puentes sin prisa. En efecto siento que estoy rematadamente sola, pero en compañía, también. El paisaje provoca la soledad y la remedia. Mi tragedia es compartida por millones de seres humanos. La elipsis es el espacio del corazón. El corazón no para de latir. Uta Hagen sabía de la importancia del espacio, y lo cuenta maravillosamente en sus libros de técnica para actores, técnica que yo aprendí gracias a Ed Morehouse, en el HB Studio. Uta en sus libros y Ed en clase nos pedían que imagináramos al detalle el espacio donde se desarrollaba la acción que estábamos representando y ahora comprendo mejor por qué.

Al observar Habitación de hotel me reconocí en mi habitación del Castro Hotel. Tenía la carta de la princesa. Me encontraba en una esquina (me dieron el mejor cuarto) entre Ciudad China y Pequeña Italia. Viajar es el gran movimiento humano. Migramos y nos encontramos.

El mundo de Cristina no es de Hopper pero es otro clásico norteamericano. De nuevo el mundo ante un personaje consciente. En los desnudos de Carver, en sus historias con poca ropa (porque apenas cuentan nada) ese es justamente el movimiento, un personaje pasa de la ignorancia a la conciencia. 

La soledad es el gran sentimiento contemporáneo. Y puede ser un placer. El cuerpo percibe la belleza imposible del instante sin retorno, se reconoce mortal, se destapa ante su ligereza de siglos. Ciudades como Nueva York o San Francisco poseen el don extraño de las amigas en potencia y esto también lo he vivido en carne propia. El secreto de los personajes de Hopper es que, en el fondo, son felices. ¿Lo serán también los de Carver? En el sutil universo de estos dos artistas los personajes se comunican dentro de su propio cuerpo. Y no están solos (¿acaso existe algún otro modo de estar en el mundo, aparte de con nosotros mismos?). Quizá hayan aceptado su condena (a saber, vivir en este planeta bello pero triste) y, como sencillos Sísifos modernos, vivan en su particular montaña sumidos en un sueño llamado existencia y poco importa lo demás. Por eso se quedan en silencio siempre. Como el paisaje. 



South Caroline Morning (1955)


Hotel Room (1931)


The Camel’s Hump (1931)


Two Comedians (1965) (último cuadro - retrato suyo y de su esposa-)


ANDREW WYETH. "El mundo de Cristina", 1948



4 comentarios:

Emily dijo...

Bellísimo post. Me encanta Hopper, y me encanta la comparación con los relatos de Carver.

muá

Elise Plain dijo...

¡Hola Emily! Mil gracias por pasarte por aquí. ¡Besos!

María Mercromina dijo...

Te descubrí hace poco y acabo de ver esto <3
Es genial la comparación de Carver con Hopper, yo me quedo con este poema para eso.

Domingo por la Noche

Utiliza las cosas que te rodean.
Esta ligera lluvia
Del otro lado de la ventana, por ejemplo.
Este pitillo de entre los dedos,
Estos pies en el sofá.
El débil sonido del rock-and-roll,
El Ferrari rojo del interior de mi cabeza.
La mujer que anda a tropezones
Borracha por la cocina…
Coge todo eso,
Utilízalo.

Pd: La semana pasada escribí sobre Hopper, por si te interesa, aquí:
http://www.grundmagazine.org/2012/tambien-la-luz/
Un placer encontrarte,
María.


Elise Plain dijo...

Muy hermoso tu escrito. Disfruté mucho leyéndolo. Y el poema es perfecto... leyendo a Carver y contemplando las pinturas de Hopper me cuesta creer que la perfección no sea posible. No tener una fe ciega en la luz, no sentir una especie de esperanza contra todo pronóstico. Quizá porque cuando todo está perdido y nos quedamos desnudos es cuando empezamos a ser optimistas. Por lo menos a mí me pasa.

Abrazos y gratitud.